El otro lado del deseo

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El deseo. El deseo erótico. Erótico es mejor adjetivo que sexual, pues es menos reduccionista.

Cuando el deseo es recíproco (entre dos), las nociones de lujuria o incluso de libido se tornan obsoletas, porque, por definición, éstas son singulares, no dobles. La energía inicial de un deseo así proviene, por supuesto, de la necesidad biológica de reproducirnos. El deseo es también una invitación a, y un esperar, placeres imaginados. Lo que se inicia como deseo erótico puede traducirse súbitamente en el deseo de tener y poseer. El contenido social del deseo es, de hecho, la posesión, y es por eso que en el teatro el deseo irrefrenable nunca es ajeno al conflicto o a la tragedia.

La fuerza potencial del deseo es proverbial en toda cultura. Tal vez porque la conciencia de ser deseados nos confiere un sentido único de invulnerabilidad. Cuando este sentido se multiplica por dos, se puede arriesgar casi cualquier cosa.

El deseo comienza pronto y continúa hasta tarde. Puede ocurrir en todas las edades entre, digamos, los cinco y los 80. La edad puede tener efectos sobre las prioridades del deseo. Y empero, estas prioridades no son nunca estándares o uniformes. Cualquier deseo se conforma de una multitud de ofrecimientos y anhelos, y, finalmente, habrá tantas variedades de deseo como encuentros eróticos.

No obstante hay ingredientes comunes, y lo que yo llamo un otro lado del deseo está, creo, presente en todo deseo, aunque pueda variar el grado de su importancia o la posibilidad de su reconocimiento. En las sociedades de consumo este ingrediente (la reciprocidad) se reconoce poco a nivel público, excepto en el rock, donde con frecuencia es central.

Cuando es recíproco, el deseo es una trama, urdida por dos, y enfrenta o desafía todas las otras tramas que determinan al mundo. Es una conspiración de dos.

El propósito es ofrecerle al otro un respiro que aplace el dolor del mundo. No la felicidad (¡!), pero sí un respiro que alivia al cuerpo del riesgo enorme de sufrir dolor. En todo deseo hay compasión y hay apetito; ambos, no importa su proporción relativa, se entretejen. El deseo es inconcebible sin una herida.

Si hubiera seres sin heridas en este mundo, vivirían sin deseo.

La conspiración es entonces para crear juntos un lugar, un locus, de exención, necesariamente momentáneo, que nos libre de la lastimadura sin sosiego de la cual la carne es heredera.

El cuerpo humano contiene arrojo, gracia, jugueteo, dignidad y otras incontables sutilezas, pero también es intrínsecamente trágico, como no lo es el cuerpo de animal alguno. (Ningún animal está desnudo.) El deseo anhela escudar el cuerpo deseado de la tragedia que aloja, y lo que es más, cree que puede. Esta es su fe. No hay naturalmente altruismo en el deseo. Ofrecer escudo, conferir salvedad, se logra en el ofrecimiento de todo el ser, física e imaginativamente, pero desde el inicio dos cuerpos se involucran y así la salvedad, cuando se logra, si se logra, los cubre a ambos. Esta tiende a ser breve y no obstante lo promete todo, por eso logra abolir la brevedad -y junto con ella las lesiones asociadas a la amenaza de lo breve.

Si lo observa una tercera persona, el deseo es un paréntesis corto; si se experimenta desde dentro es algo trascendental. En ambos casos, sin embargo, la vida cotidiana continúa en su entorno, antes y después.

El deseo promete liberarnos. Empero, eximirnos del orden natural existente es equivalente a desaparecer. Y es eso precisamente lo que el deseo propone en su punto de mayor éxtasis: desvanezcámonos.

La desaparición de los amantes no puede considerarse una evasión, un vuelo; es más un viraje a otra parte: la entrada en una plenitud. Comúnmente se piensa en la plenitud como acumulación. El deseo insiste en que es un regalarse: la plenitud de un silencio, una oscuridad en donde todo está en paz. De algún modo pienso en un sueño antiguo, la leyenda del Vellocino de Oro. (Este permitió que Phrixus y Helle se libraran de un sacrificio.) A nivel simbólico representa tanto la inocencia como la sabiduría. Reposa tendido en su refugio, rizado, inviolado, completo, sin que nadie lo rinda.

Una vez compartida y experimentada, la salvedad que ya no exime permanece inolvidable, y las desapariciones semejan ser más reales, más precisas que lo aparente o lo legible.

Las sirenas ululan calle abajo. Mientras estés en mis brazos, nada podrá hacerte daño.

John Berger